Contracturas musculares; más allá del mito

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Por Toni Jaume Llinás,
Fisioterapetua de MetSalut

En la consulta diaria, una de las etiquetas más frecuentes ante el dolor de espalda es la famosa «contractura muscular». Sin embargo, centrar el debate únicamente en determinar si existe o no una contractura real puede ser una simplificación excesiva e, incluso, contraproducente.

¿Por qué? Porque nos lleva a etiquetar al paciente, a reducir la complejidad de su dolor y a distanciarnos de los factores múltiples y dinámicos que verdaderamente participan en el dolor de espalda. La pregunta relevante no es si hay una contractura, sino cómo comprender y abordar el dolor de manera más integral.

¿Qué es realmente la contractura muscular?

Desde el punto de vista médico, la «contractura muscular» como diagnóstico patológico sólo tiene un respaldo claro en situaciones muy específicas: en las espasticidades musculares (como ocurre en enfermedades neurológicas, por ejemplo tras un ictus) o en patologías como la contractura de Dupuytren.

En este último caso se trata de un engrosamiento y acortamiento de la fascia de la mano que acaba por flexionar permanentemente los dedos, dificultando su extensión y función[1].

Fuera de estos marcos, el término «contractura» suele usarse equivocadamente para justificar sensaciones de tensión muscular o rigidez que las pruebas clínicas objetivas no detectan.

¿De dónde viene la sensación de tensión muscular o rigidez?

Según este artículo [2], la sensación de rigidez en la espalda es, en la mayoría de las ocasiones, un constructo perceptivo creado por nuestro cerebro en un intento de protegernos frente a posibles daños.

Este estudio demostró que las personas que refieren sentir su espalda rígida no presentan mayor rigidez mecánica real en la columna que aquellas que no lo refieren. Más aún, quienes sienten mayor rigidez sobrestiman la fuerza que se les aplica en pruebas objetivas, revelando una tendencia de autoprotección y alerta aumentada de su sistema nervioso.

El cerebro, en respuesta a señales (internas y externas) que interpreta como amenazas para la integridad de la espalda, genera la percepción de rigidez, aun cuando los tejidos no estén realmente más rígidos o contracturados.

Este mecanismo, lejos de ser patológico, cumple una función defensiva: «avisarnos» y protegernos frente a posibles movimientos que el sistema nervioso considera inseguros.

Además, el estudio comprobó cómo esta percepción puede ser influida por estímulos tan dispares como sonidos («crujidos» o «susurros») asociados al movimiento; por ejemplo, si los sujetos notaban crepitaciones aumentaban más su sensación de rigidez, lo que certifica el papel central del cerebro en la construcción de lo que sentimos en nuestra espalda.

El reflejo de sobresalto: una respuesta evolutiva al estrés

Cuando el cuerpo percibe una amenaza, ya sea real o imaginada, se activa el reflejo de sobresalto: una respuesta rápida del sistema nervioso simpático que incrementa el tono muscular facial, mandibular y del cuerpo entero; sobretodo los trapecios, preparando al organismo para la huida o el enfrentamiento.

Este reflejo ha sido muy útil a lo largo de la evolución porque permitía reaccionar ante peligros inmediatos. Sin embargo, en la vida moderna, mantener estos circuitos de alarma activados de manera contínua y prolongada; a causa del estrés laboral,… conlleva un aumento mantenido del tono muscular.

Esto, con el paso del tiempo, puede desembocar en sensaciones de dolor y de tensión que el paciente experimenta como «contracturas»[3].


  • La «contractura muscular» raramente es una lesión real fuera de contextos como espasticidades neurológicas o la contractura de Dupuytren.
  • La sensación de rigidez en la espalda es, principalmente, un mecanismo de protección perceptivo y no un reflejo de lesión o daño estructural.
  • El estrés y la activación mantenida del reflejo de sobresalto elevan el tono muscular, generando sensaciones de tensión y dolor crónico.
  • Etiquetar al paciente con «contracturas musculares» perpetúa mitos y puede alejar de un enfoque multifactorial y biopsicosocial del dolor lumbar.

Abordar el dolor de espalda exige mirar más allá de etiquetas simplistas, explorando la interacción entre mente, cuerpo, entorno y hábitos de vida. La clave está en comprender la complejidad de la experiencia dolorosa, acompañando al paciente desde la evidencia y la empatía.

Referencias:

  1. https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC8565707/
  2. https://www.nature.com/articles/s41598-017-09429-1
  3. https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC5263218/

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